20.11.08
Acto Segundo
Cuando los hombres no buscan ya ser libres, se ponen en manos de quienes proporcionen un espejismo de seguridad... un hombre que no es libre padece de espejismos, como en los desiertos... Hay pueblos que ya han perdido su digndad de pueblos. Viven de la limosna. Piden que los guíen, como mendigos ciegos, no les importa adónde. Algunas personas, sin embargo, conservan, o recobran, su vocación de héroes y, como aquella cabra de la mitología, puede amamantar otra vez mundos.
17.11.08
11.11.08
#16
Daría lo que fuera por abrazarte esta noche.
Sobre todo porque adonde veo los cuerpos van enlazados de a dos
Y me di cuenta que cuando hace frío te extraño mas.
Sobre todo porque adonde veo los cuerpos van enlazados de a dos
Y me di cuenta que cuando hace frío te extraño mas.
10.11.08
Conversaciones con mi alma. Vol. 1
-¿En qué piensas?
-Pienso en el fracaso de mi juventud... y en el de la tuya.
-¿En el de la mía? Se fracasa cuando se intenta algo sin éxito. Tú has fracasado porque has buscado el amor y la felicidad inútilmente. Pero ¿yo?..., yo en mi vida he buscado nada...
-... Por miedo a no encontrarlo.
-Quizá. A lo mejor. ¿Un cigarro?
-Sí, gracias. Sin embargo, esta noche, por primera vez, te he visto emocionado...
-Es cosa del estómago. Me ha ocurrido en otras ocasiones, pero comiendo se me quita. La materia y el espíritu están cerca... parece ser que un sabio austríaco ha descubierto que el romanticismo es una afección gástrica. Y ya sabes que el rubor obedece a un defecto de circulación. Yo ahora mismo debo de tener algo en el hígado... aparte de eso, coincido contigo en que la vida es una broma de mal gusto.
-Pienso en el fracaso de mi juventud... y en el de la tuya.
-¿En el de la mía? Se fracasa cuando se intenta algo sin éxito. Tú has fracasado porque has buscado el amor y la felicidad inútilmente. Pero ¿yo?..., yo en mi vida he buscado nada...
-... Por miedo a no encontrarlo.
-Quizá. A lo mejor. ¿Un cigarro?
-Sí, gracias. Sin embargo, esta noche, por primera vez, te he visto emocionado...
-Es cosa del estómago. Me ha ocurrido en otras ocasiones, pero comiendo se me quita. La materia y el espíritu están cerca... parece ser que un sabio austríaco ha descubierto que el romanticismo es una afección gástrica. Y ya sabes que el rubor obedece a un defecto de circulación. Yo ahora mismo debo de tener algo en el hígado... aparte de eso, coincido contigo en que la vida es una broma de mal gusto.
27.10.08
Marionetas, Vol. II
-Llegas tarde, mi pequeño vaquero...
-¿Me torturas a propósito?
-Estoy enamorada...
-Yo no lo creo. ¿Y sabes por qué? ¡Porque yo sí lo estoy! ... Y este es el aspecto de alguien que está enamorado.
-Tú elegiste la variedad "no correspondida". Es mala para el cutis.
-Eres malvada.
-¿Tienes idea de lo que se siente teniendo a dos personas mirándote con lascivia y devoción total, a través de lo smismos ojos? Es estremecedor. No, no lo sabes, al fin y al cabo, no eres alguien que pueda entenderlo. Juegas con muñecas.
-¿Me torturas a propósito?
-Estoy enamorada...
-Yo no lo creo. ¿Y sabes por qué? ¡Porque yo sí lo estoy! ... Y este es el aspecto de alguien que está enamorado.
-Tú elegiste la variedad "no correspondida". Es mala para el cutis.
-Eres malvada.
-¿Tienes idea de lo que se siente teniendo a dos personas mirándote con lascivia y devoción total, a través de lo smismos ojos? Es estremecedor. No, no lo sabes, al fin y al cabo, no eres alguien que pueda entenderlo. Juegas con muñecas.
Marionetas
-No eres alguien que pueda interesarme. Juegas con muñecas.
-No son muñecas, ¡son marionetas!
-Dime, ¿por qué te gustan tanto las marionetas?
-Verás... no estoy muy seguro. Tal vez sea por la idea de convertirme durante un rato en otra persona. De ponerme bajo otra piel. Pensar de otra forma, moverme de otra forma... Sentir de otra forma.
-Qué interesante... ¿te gustaría introducirte bajo mi piel? ¿pensar lo que yo pienso?
-Más que nada en el mundo...
-Se está bien aquí dentro. Mejor que en tus sueños más salvajes... De todos modos, no puedes interesarme. Juegas con muñecas.
-No son muñecas, ¡son marionetas!
-Dime, ¿por qué te gustan tanto las marionetas?
-Verás... no estoy muy seguro. Tal vez sea por la idea de convertirme durante un rato en otra persona. De ponerme bajo otra piel. Pensar de otra forma, moverme de otra forma... Sentir de otra forma.
-Qué interesante... ¿te gustaría introducirte bajo mi piel? ¿pensar lo que yo pienso?
-Más que nada en el mundo...
-Se está bien aquí dentro. Mejor que en tus sueños más salvajes... De todos modos, no puedes interesarme. Juegas con muñecas.
21.10.08
Solace
-Veo que logró escapar.
-Sí, al menos esta vez. Creí que... quizá le gustaría salir un rato, a tomar algo.
-No pierde el tiempo, ¿verdad?
-Oiga, no se ofenda. Lo que ocurre, es que conozco pocas chicas decentes.
-¿Y espera que salga con usted? ¿Así por las buenas?
-Si no, no estaría aquí, de pie en el pasillo.
-Ni siquiera le conozco.
-Sí que me conoces. Soy igual que tú... mírate. Son las dos de la mañana y no sé dónde ir.
-Sí, al menos esta vez. Creí que... quizá le gustaría salir un rato, a tomar algo.
-No pierde el tiempo, ¿verdad?
-Oiga, no se ofenda. Lo que ocurre, es que conozco pocas chicas decentes.
-¿Y espera que salga con usted? ¿Así por las buenas?
-Si no, no estaría aquí, de pie en el pasillo.
-Ni siquiera le conozco.
-Sí que me conoces. Soy igual que tú... mírate. Son las dos de la mañana y no sé dónde ir.
13.10.08
Para que yo me llame Ángel González García
--Con un nombre como el tuyo --me ha dicho mi agente invisible --no se va a ninguna parte.
--¡Pues en la oficina del paro no le han puesto pegas!--le he contestado en un arrebato de orgullo ahidalgado. A lo que ella (mi agente literario) me ha respondido certeramente con un guiño, más de burla que de complicidad. Es lo malo de los agentes invisibles: que como son inventados, siempre tienen razón.
--Mira Zapatero, por ejemplo --me ha contado después, con un tonillo de superioridad.
--¿Quién se acuerda del Rodríguez? De momento, sólo los periodistas extranjeros, hasta que se enteren de que pueden ahorrarse el trabajo de intentar pronunciar tanta erre, y dejarlo sólo en ZP. Y la lista sería interminable. Felipe se pudo permitir el González porque es mucho Felipe, pero de ésos sale uno por siglo, acaso dos, y el otro, para más inri, tiene hasta tu nombre de pila. Hay que ser un pedazo de poeta para llamarse Ángel González y además hacer de ello un buen poema. De García, ¿qué te voy a contar? Como no venga avalado por el genio y un Lorca (o un Márquez) bien plantados, resulta un nombre imposible para quien quiera llegar a medianamente reconocido. Fíjate en el granadino, y encuéntrame alguien que hable de él como Federico García. De Benito Pérez mejor será no hablar, porque no se iba a enterar nadie.
La evidencia era apabullante, pero mi agente invisible ha seguido dale que te pego con varios ejemplos más de que no se puede ir por la vida llamándose, como un servidor, Ángel Miguel González García, y pretender escribir cosas y que un día salgan libros de uno en los escaparates de la Gran Vía. Así que he desenchufado a mi agente literario, y me he decidido a solucionar el tema, antes de que la fama me caiga encima, sin haber tenido tiempo de montármelo en plan seudónimo pegadizo. He probado con varios, jugueteando con antiguos motes de barrio, apellidos altisonantes, distantes y espléndidos, o nombres de guerra de aquellos que, a fuer de simples, evocan de todo un poco.
Ninguno me ha satisfecho en lo más mínimo. El problema es que no consigo sentirme identificado con ninguno, y no me gusta imaginarme firmando libros en el FNAC con el nombre de un señor que, francamente, nunca me hará volver la cabeza, por mucho que quiera meterme en el personaje. He probado después con los segundos apellidos de mis señores padre y madre, pero el resultado ha sido muy parecido al original. Y es que no se puede ser tan del montón, que hasta remontándome a los abuelos no encuentro más que péreces, ramíreces, garcías y otros tan pedestres, que no hay manera de elevar el caché genealógico, aunque sea sólo el de tipo fonético. Y es que hay apellidos que, a pesar de plebeyos, tienen un nosequé, que suena bonito, como Aznar o Zapatero (y cito a los dos, intencionadamente, para que se vea que me refiero a la sonoridad del nombre, no a las connotaciones que pueda suscitar al ser oído).
Convencido de que, buscando en el acervo familiar (tan limitado, por otra parte), no hallaría apellidos pegadizos o distinguidos, he querido acudir a los posibles nombres que, de no haber decidido mis padres el de Ángel, podrían haberme adornado el DNI. ¿Quién no ha oído alguna vez las anécdotas e historias sobre “el nombre que quería ponerte papá”, o sobre la obsesión de la abuela “porque te pusiéramos el de su madre”? En mi caso, y como nací un 15 de mayo, parece ser que a punto estuve de llamarme Isidro, un nombre que de pequeño me aterrorizaba a toro pasado, pero que hoy en día me daría al menos un toque de originalidad castiza y labradora.
Descartada la enmienda parcial a la decisión bautista de mis queridos progenitores, sobre todo porque no me hallo dentro de un nombre tan de feria como Isidro, y tampoco de su etimológico Isidoro (mote del Felipe González de la clandestinidad), he pensado en una estrategia ideal. Así como no es lo mismo llamarse Leticia que Letizia, Bakero que Vaquero, Javier que Xabier, o Carmona que Karmona (éste último es mi favorito), tampoco será igual llamarse González que Quntsali, ni García que G’artzai. Y por semejante regla de tres, el Ángel lo pienso cambiar por Ahe (con la hache aspirada y nasalizada), y el Miguel de mis desdichas por un Malik morisco.
Me justificaré: González suena a guía de teléfonos, pero en algún momento un visigodo (quién sabe si hasta un suevo, alano o vándalo) se llamó con el etniquísimo nombre de Gündsalf, o algo semejante, de evocaciones no sólo exóticas sino casi wagnerianas. Yo, que no soy muy aficionado a lo valquirio ni me arrimo a lo teutónico, me quedo en cambio con una versión supuestamente mozárabe del González clásico, porque hace falta investigar un ratito para demostrarme que no se pronunciaría así el cotidiano apellido en el Toledo del siglo X. Ergo, Quntsali me quedo, hasta que un lingüista como Dios manda me ponga en mi sitio.
En lo que respecta al García sin Lorca con que adorno los espacios a rellenar donde dice “segundo apellido”, me puse a mirar un poco por aquí y por allá, para encontrarme con que lo más probable es que sea de origen euskalduna como la madre que me parió es extremeña. Dicen que puede que García tenga que ver con la raíz Artz- que es como decir “oso” en lengua protovasca, prerromana e ibérica de bellota, que es algo como muy étnico y que queda como que muy original. Porque reconocerán conmigo que es mucho más interesante la historia de López (que debe venir de Lupus “lobo” en latín) una vez que se conoce el origen animal y totémico de dicho apellido. Y es que, para firmar novelas, Antonio López Antón queda muy del montón, mientras que Lobo Antunes en la portada del libro da ganas de leerlo.
En cuanto al Ahe (con hache aspirada y medio nasalizada), viene a ser la representación ortográfica de cómo pronuncia el nombre Ángel la gran mayoría de mis paisanos, y de cómo lo dice uno en las pocas ocasiones en que se ve obligado a pronunciar el propio nombre. Y como ahora que no está el PP, los nacionalismos han dejado de ser el coco (el andaluz, de hecho, ha dejado de ser y punto), pues eso: Ahe. Lo del Malik es ganas de fastidiar al clero, y montármelo en plan revisonismo histórico. Y, si suena a tontería, respondo que Carmona está en la provincia de Sevilla, y que la ce (mayúscula) se la pusieron los romanos, o que vaca se escribe con uve, menos la del coche, pero de ésas ya casi no hay, porque si llevas mucho equipaje te compras un monovolumen.
Firmao:
Ahe Malik Quntsali G’artzai
--¡Pues en la oficina del paro no le han puesto pegas!--le he contestado en un arrebato de orgullo ahidalgado. A lo que ella (mi agente literario) me ha respondido certeramente con un guiño, más de burla que de complicidad. Es lo malo de los agentes invisibles: que como son inventados, siempre tienen razón.
--Mira Zapatero, por ejemplo --me ha contado después, con un tonillo de superioridad.
--¿Quién se acuerda del Rodríguez? De momento, sólo los periodistas extranjeros, hasta que se enteren de que pueden ahorrarse el trabajo de intentar pronunciar tanta erre, y dejarlo sólo en ZP. Y la lista sería interminable. Felipe se pudo permitir el González porque es mucho Felipe, pero de ésos sale uno por siglo, acaso dos, y el otro, para más inri, tiene hasta tu nombre de pila. Hay que ser un pedazo de poeta para llamarse Ángel González y además hacer de ello un buen poema. De García, ¿qué te voy a contar? Como no venga avalado por el genio y un Lorca (o un Márquez) bien plantados, resulta un nombre imposible para quien quiera llegar a medianamente reconocido. Fíjate en el granadino, y encuéntrame alguien que hable de él como Federico García. De Benito Pérez mejor será no hablar, porque no se iba a enterar nadie.
La evidencia era apabullante, pero mi agente invisible ha seguido dale que te pego con varios ejemplos más de que no se puede ir por la vida llamándose, como un servidor, Ángel Miguel González García, y pretender escribir cosas y que un día salgan libros de uno en los escaparates de la Gran Vía. Así que he desenchufado a mi agente literario, y me he decidido a solucionar el tema, antes de que la fama me caiga encima, sin haber tenido tiempo de montármelo en plan seudónimo pegadizo. He probado con varios, jugueteando con antiguos motes de barrio, apellidos altisonantes, distantes y espléndidos, o nombres de guerra de aquellos que, a fuer de simples, evocan de todo un poco.
Ninguno me ha satisfecho en lo más mínimo. El problema es que no consigo sentirme identificado con ninguno, y no me gusta imaginarme firmando libros en el FNAC con el nombre de un señor que, francamente, nunca me hará volver la cabeza, por mucho que quiera meterme en el personaje. He probado después con los segundos apellidos de mis señores padre y madre, pero el resultado ha sido muy parecido al original. Y es que no se puede ser tan del montón, que hasta remontándome a los abuelos no encuentro más que péreces, ramíreces, garcías y otros tan pedestres, que no hay manera de elevar el caché genealógico, aunque sea sólo el de tipo fonético. Y es que hay apellidos que, a pesar de plebeyos, tienen un nosequé, que suena bonito, como Aznar o Zapatero (y cito a los dos, intencionadamente, para que se vea que me refiero a la sonoridad del nombre, no a las connotaciones que pueda suscitar al ser oído).
Convencido de que, buscando en el acervo familiar (tan limitado, por otra parte), no hallaría apellidos pegadizos o distinguidos, he querido acudir a los posibles nombres que, de no haber decidido mis padres el de Ángel, podrían haberme adornado el DNI. ¿Quién no ha oído alguna vez las anécdotas e historias sobre “el nombre que quería ponerte papá”, o sobre la obsesión de la abuela “porque te pusiéramos el de su madre”? En mi caso, y como nací un 15 de mayo, parece ser que a punto estuve de llamarme Isidro, un nombre que de pequeño me aterrorizaba a toro pasado, pero que hoy en día me daría al menos un toque de originalidad castiza y labradora.
Descartada la enmienda parcial a la decisión bautista de mis queridos progenitores, sobre todo porque no me hallo dentro de un nombre tan de feria como Isidro, y tampoco de su etimológico Isidoro (mote del Felipe González de la clandestinidad), he pensado en una estrategia ideal. Así como no es lo mismo llamarse Leticia que Letizia, Bakero que Vaquero, Javier que Xabier, o Carmona que Karmona (éste último es mi favorito), tampoco será igual llamarse González que Quntsali, ni García que G’artzai. Y por semejante regla de tres, el Ángel lo pienso cambiar por Ahe (con la hache aspirada y nasalizada), y el Miguel de mis desdichas por un Malik morisco.
Me justificaré: González suena a guía de teléfonos, pero en algún momento un visigodo (quién sabe si hasta un suevo, alano o vándalo) se llamó con el etniquísimo nombre de Gündsalf, o algo semejante, de evocaciones no sólo exóticas sino casi wagnerianas. Yo, que no soy muy aficionado a lo valquirio ni me arrimo a lo teutónico, me quedo en cambio con una versión supuestamente mozárabe del González clásico, porque hace falta investigar un ratito para demostrarme que no se pronunciaría así el cotidiano apellido en el Toledo del siglo X. Ergo, Quntsali me quedo, hasta que un lingüista como Dios manda me ponga en mi sitio.
En lo que respecta al García sin Lorca con que adorno los espacios a rellenar donde dice “segundo apellido”, me puse a mirar un poco por aquí y por allá, para encontrarme con que lo más probable es que sea de origen euskalduna como la madre que me parió es extremeña. Dicen que puede que García tenga que ver con la raíz Artz- que es como decir “oso” en lengua protovasca, prerromana e ibérica de bellota, que es algo como muy étnico y que queda como que muy original. Porque reconocerán conmigo que es mucho más interesante la historia de López (que debe venir de Lupus “lobo” en latín) una vez que se conoce el origen animal y totémico de dicho apellido. Y es que, para firmar novelas, Antonio López Antón queda muy del montón, mientras que Lobo Antunes en la portada del libro da ganas de leerlo.
En cuanto al Ahe (con hache aspirada y medio nasalizada), viene a ser la representación ortográfica de cómo pronuncia el nombre Ángel la gran mayoría de mis paisanos, y de cómo lo dice uno en las pocas ocasiones en que se ve obligado a pronunciar el propio nombre. Y como ahora que no está el PP, los nacionalismos han dejado de ser el coco (el andaluz, de hecho, ha dejado de ser y punto), pues eso: Ahe. Lo del Malik es ganas de fastidiar al clero, y montármelo en plan revisonismo histórico. Y, si suena a tontería, respondo que Carmona está en la provincia de Sevilla, y que la ce (mayúscula) se la pusieron los romanos, o que vaca se escribe con uve, menos la del coche, pero de ésas ya casi no hay, porque si llevas mucho equipaje te compras un monovolumen.
Firmao:
Ahe Malik Quntsali G’artzai
Die Verwandlung
Als Gregor Samsa eines Morgens aus unruhigen Träumen erwachte, fand er sich in seinem Bett zu einem ungeheueren Ungeziefer verwandelt. Er lag auf seinem panzerartig harten Rücken und sah, wenn er den Kopf ein wenig hob, seinen gewölbten, braunen, von bogenförmigen Versteifungen geteilten Bauch, auf dessen Höhe sich die Bettdecke, zum gänzlichen Niedergleiten bereit, kaum noch erhalten konnte. Seine vielen, im Vergleich zu seinem sonstigen Umfang kläglich dünnen Beine flimmerten ihm hilflos vor den Augen.
Ahí es nada, señores.
Ahí es nada, señores.
5.9.08
Cuentos Hindúes, vol. I
1.- Le das al play.
2.- Lees esto. Está pensado para que dure lo mismo la canción que el texto leído a un ritmo suave.
http://www.youtube.com/watch?v=Rwr1DlkfpUY
Una vez, el sabio Durvassa vino a la capital de Kuntibhoja.
Era famoso por todo el mundo por sus penitencias y meditaciones, y quería pasar unos días con el Rey.
La princesa Kunti había sido designada por su padre para atender las apetencias del sabio.
De hecho, el sabio estuvo tan contento con ella, que decidió darle un presente.
Durvassa la llamó a su presencia, y le dijo que le enseñaría cierto encantamiento. Si lo recitaba, cualqiuer Deva en el que Kunti pensara llegaría a ella.
Ella recibió el regalo con la humildad conveniente de la hija de un Rey, y Durvassa marchó al poco tiempo.
La joven, apenas una niña, no entendió lo que Durvassa había querido decir cuando le explicó que "el ser celestial al que ella invocara llegaría hasta ella". Era tan feliz como un niño con un nuevo juguete.
Era temprano, por la mañana.
Por la ventana del ala este edl palacio podía ver el amanecer. Oriente estaba empapado del color del oro líquido. Las aguas del río chocaban contra los muros de palacio.
Era una escena inolvidable, el sol y sus suaves rayos, rayos que tenían la frescura del amanecer, y el precioso río con su curso brillando con el rojo y el oro del sol naciente.
El paisaje tocó el corazón de la joven princesa. Se perdió en la belleza de aquella visión majestuosa.
Kunti pensó lo maravilloso que sería si el Sol pudiera estar ahí, a su lado.
En un momento recordó el mantra que el gran Durvassa le había enseñado. Cómo, si lo recitaba, el Sol vendría a ella.
Sí, eso era lo que dijo. Él llegaría hasta ella.
La pobre niña, en bendita ignorancia, juntó las palmas de sus manos, palmas que parecían yemas de loto, e invocó al Sol con el encantamiento que había aprendido.
Abrió los ojos, un milagro estaba ocurriendo.
A lo largo del acuoso curso del río, los rayos del sol viajaron rápido. Kunti fue cegada por un súbito resplandor.
Y entonces Surya, el dios del Sol, estaba a su lado. La miraba con una sonrisa divertida.
Kunti estaba extremadamente feliz con el éxito de su ensalmo.
Sonrió, una dulce sonrisa, una sonrisa feliz.
"¡El sabio Durvassa dijo que funcionaría! -dijo ella-. Estaba mirándoos, cómo subíais por el este. El paisaje era tan hermoso, y vos tan bello que quise que viniérais. Así que recité el conjuro que el Sabio me enseñó. Has venido, ¡qué maravilloso!"
El sol todavía sonreía. Dijo "Ahora que he venido, ¿qué quieres que haga?"
"Nada, desde luego -dijo Kunti-. Simplemente pensé en vos e imaginé lo asombroso que sería que estuviérais a mi lado, eso es todo".
"Eso No es todo -dijo el Deva-. Es evidente que no encontraste ningún significado en las palabras del Sabio cuando te enseñó el ensalmo. Te dijo que cualquier Dios al que invocaras llegaría hasta ti, ¿no es cierto?".
"Sí", dijo la princesa, sin comprender en absoluto sus palabras.
"¿No ves -dijo Surya-, que eso significa que el Dios deberá aceptarte y darte un hijo tan bello como el Deva a quien has invocado?".
La princesa estaba desconcertada. No sabía que hacer, o qué decir.
"¡No lo sabía! -dijo-, ¡no tenía ni idea de que las palabras significaran eso! Por favor, perdonadme esta niñería, ¡Id, y salvadme de esta deshonra!"
"Pero eso es imposible -dijo el Deva-, una vez que he sido invocado no puedo marchar hasta haberte tomado. Debes aceptarlo. No puedes escapar del poder del mantra que has usado irreflexivamente".
2.- Lees esto. Está pensado para que dure lo mismo la canción que el texto leído a un ritmo suave.
http://www.youtube.com/watch?v=Rwr1DlkfpUY
Una vez, el sabio Durvassa vino a la capital de Kuntibhoja.
Era famoso por todo el mundo por sus penitencias y meditaciones, y quería pasar unos días con el Rey.
La princesa Kunti había sido designada por su padre para atender las apetencias del sabio.
De hecho, el sabio estuvo tan contento con ella, que decidió darle un presente.
Durvassa la llamó a su presencia, y le dijo que le enseñaría cierto encantamiento. Si lo recitaba, cualqiuer Deva en el que Kunti pensara llegaría a ella.
Ella recibió el regalo con la humildad conveniente de la hija de un Rey, y Durvassa marchó al poco tiempo.
La joven, apenas una niña, no entendió lo que Durvassa había querido decir cuando le explicó que "el ser celestial al que ella invocara llegaría hasta ella". Era tan feliz como un niño con un nuevo juguete.
Era temprano, por la mañana.
Por la ventana del ala este edl palacio podía ver el amanecer. Oriente estaba empapado del color del oro líquido. Las aguas del río chocaban contra los muros de palacio.
Era una escena inolvidable, el sol y sus suaves rayos, rayos que tenían la frescura del amanecer, y el precioso río con su curso brillando con el rojo y el oro del sol naciente.
El paisaje tocó el corazón de la joven princesa. Se perdió en la belleza de aquella visión majestuosa.
Kunti pensó lo maravilloso que sería si el Sol pudiera estar ahí, a su lado.
En un momento recordó el mantra que el gran Durvassa le había enseñado. Cómo, si lo recitaba, el Sol vendría a ella.
Sí, eso era lo que dijo. Él llegaría hasta ella.
La pobre niña, en bendita ignorancia, juntó las palmas de sus manos, palmas que parecían yemas de loto, e invocó al Sol con el encantamiento que había aprendido.
Abrió los ojos, un milagro estaba ocurriendo.
A lo largo del acuoso curso del río, los rayos del sol viajaron rápido. Kunti fue cegada por un súbito resplandor.
Y entonces Surya, el dios del Sol, estaba a su lado. La miraba con una sonrisa divertida.
Kunti estaba extremadamente feliz con el éxito de su ensalmo.
Sonrió, una dulce sonrisa, una sonrisa feliz.
"¡El sabio Durvassa dijo que funcionaría! -dijo ella-. Estaba mirándoos, cómo subíais por el este. El paisaje era tan hermoso, y vos tan bello que quise que viniérais. Así que recité el conjuro que el Sabio me enseñó. Has venido, ¡qué maravilloso!"
El sol todavía sonreía. Dijo "Ahora que he venido, ¿qué quieres que haga?"
"Nada, desde luego -dijo Kunti-. Simplemente pensé en vos e imaginé lo asombroso que sería que estuviérais a mi lado, eso es todo".
"Eso No es todo -dijo el Deva-. Es evidente que no encontraste ningún significado en las palabras del Sabio cuando te enseñó el ensalmo. Te dijo que cualquier Dios al que invocaras llegaría hasta ti, ¿no es cierto?".
"Sí", dijo la princesa, sin comprender en absoluto sus palabras.
"¿No ves -dijo Surya-, que eso significa que el Dios deberá aceptarte y darte un hijo tan bello como el Deva a quien has invocado?".
La princesa estaba desconcertada. No sabía que hacer, o qué decir.
"¡No lo sabía! -dijo-, ¡no tenía ni idea de que las palabras significaran eso! Por favor, perdonadme esta niñería, ¡Id, y salvadme de esta deshonra!"
"Pero eso es imposible -dijo el Deva-, una vez que he sido invocado no puedo marchar hasta haberte tomado. Debes aceptarlo. No puedes escapar del poder del mantra que has usado irreflexivamente".
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